Túnez

Esta ha sido la primera vez que pongo mis pies en Africa y vuelvo encantado. Además es el cuarto país del mundo en el que veo un partido de fútbol. Y es el décimo país que visito en mi vida.
 
 
El lunes 29 sin apenas recuperarme de los San Mateos hice mi maleta y cogi el bus a Madrid, donde comí con mi amigo Raul en un restaurante oriental. Después me acompañó a la T1 y tras facturar, conocí a unos argentinos en el Duty Free, donde les recomendé por calidad/precio el Rioja Bordón Crianza (el mismo que habíamos bebido el sábado en la chuletada). Tras un viaje de Tunisair con algunas turbulencias, cena y retraso incluido llegué al aeropuerto de Túnez capital donde me esperaba Viti con sus amigos Kalim y Mateo. Dejamos la maleta en casa, cenamos algo y fuimos a una fiesta de despedida a casa de Eva; allí pude probar tanto la cerveza Celtia como el vino Magon.
 
 
El martes por la mañana madrugamos y fuimos a La Marsa, donde Viti tenía que hacer unas gestiones, y a Sidi Bou Said, un pueblo precioso de casas blancas con puertas y ventanas azules, donde tomamos un refresco descalzos sobre las esterillas del famoso Café de las Esteras. Después fuimos a La Goulette y tras andar por el paseo marítimo comimos en el Cafe Vert, donde después de pedir y comer unos entrantes el jefé nos ofreció lubina o dorada, elegimos dorada y nos sacó una de 800 gramos para los dos, al final la broma se nos fue a los 90 dinares (50 €), pero estaba todo riquísimo, jajaja. Con el estomago llenos nos fuimos al Museo de Cartago, que vimos a todo correr, ya que a las cinco cerraba y teníamos muchas cosas que ver; a parte de tocar esculturas y columnas, lo mejor que vimos desde ahí arriba fueron las vistas de la ciudad. Después bajamos andando a ver el Anfiteatro, por el camino flipamos con el pedazo palacio del embajador de Irak, y por último vimos las Termas de Antonino, que es la parte más guapa donde aun se conservan un par de columnas bastante altas entre todas las ruinas de esta ciudad arrasada. Cuando cerraron volvimos a casa para prepararnos para la cena de cumpleaños de Mateo, fiesta que se alargó hasta la 1 y media de la mañana con cumpleaños feliz en varios idiomas, tres tartas y mucho alcohol.
 
 
El miércoles por la mañana de nuevo prontito nos fuimos a recorrer las calles de Túnez capital, paseamos por la medina y entramos en la mezquita; después comimos en un sitio castizo y yo me atreví con el tajin, un especia de pastel de huevo con carne. Después de comer acompañamos a Viti a la escuela y Mateo y yo seguimos conociendo otros rincones del centro, mucho menos turísticos como un mercado de pescado, carne y frutas rodeado de numerosisimas moscas, un auténtico bazar de productos usados o las simples calles llenas de basura, algo muy habitual en este país. Tomamos un refresco, descansamos en un parque y subimos a la terraza del Hotel El Hana, donde vimos el atardecer con unas vistas increíbles de toda la ciudad. Tras todo esto una cervecita y a luchar un taxi, para llegar a tiempo a ver el Madrid-Marsella en el Yasmine, un bar futbolero, pero tras toda nuestra lucha y soborno a un taxista, estaba jodido el canal en el que lo echaban, así que hubo que ver un Bayern-Juventus. Cuando llegamos a casa tuvimos una desagradable sorpresa, un recibo en la puerta y el agua cortada, al final nos lo tomamos con filosofía y mucha agua mineral, jajaja.
 
 
El jueves decidimos que era día de playa, así que nos calzamos los bañadores y a Hammamet, pero según cogimos el taxi empezó a caer una tromba de agua espectacular, que tampoco paró cuando montamos en el louage (un metodo de transporte colectivo); tras media hora esperando a que se llenase el louage y una hora de viaje, nos entró el hambre y fue lo primero que hicimos en Hammamet, entramos a otro sitio castizo donde comimos dos platazos de espaguetis, Viti con pollo (literal, medio pollo encima de la pasta) y yo con frutos del mar (chirlas y calamares) servidos en la misma cacerola en la que los habían cocinado, guapísimo y muy rico, nos pusimos las botas por 3 euros cada uno. Después fuimos a la playa y recorrimos el paseo marítimo, pero cuando llegamos a la medina el cielo descargó de nuevo y tuvimos que resguardarnos en una tienda y tocó negociar, así que una cosa llevo a la otra y cuando se pasó la tormenta me había dejado 80 dinares, jajaja. Antes de que lloviese de nuevo nos refugiamos en una cervecería, donde casualmente fabricaban su propia cerveza con alambiques y demás instrumentos, así que cayeron dos pintazas antes de volver a salir, para dar una última vueltilla y coger el louage de vuelta.
 
 
El viernes la locura, cogimos un tren a Sousse a las 12 del mediodía y llegamos allí pasadas las 2, tras comernos unos cuantos kekis. Allí nos esperaba Meher, profesor de español en invierno y guía turístico en verano, y esta vez ejerció de guía. Nos preparó una ruta completísima, pero lo que nos faltaba era tiempo, así que pasamos la mayor parte del día en el coche. Tomamos una cerveza y unos garbanzos con comino en Monastir, donde está el mausoleo de Bourguiba, y después fuimos a El Jem, donde nos dejó 25 minutos (por lo menos pasamos gratis) para apreciar una joya, el Coliseo del Jem, que es el tercero más grande del mundo; después a Mahdia, un pueblo encantador a la orilla del mar, donde degustamos un té y vuelta a Monastir, cervecita y a Sousse. Cogimos el louage y volvimos hambrientos a Tunis, tras llevar seis horas con unos simples garbanzos, así que nos compramos unos crepes y nos juntamos con el resto para ir a tomar unas cervezas al Opium.
 
 
El sábado fue el día de la no-excursión, porque tras los papeleos que tenían que hacer Viti y Mateo nos juntamos con Jesús y una vez que estabamos en la estación de louage, vimos que se había adelantado el partido de fútbol del Esperance contra el Gafsa, así que volvimos al centro, comimos tres platos y postre por 5.800 dinares (3 €) probando además dos cosas típicas: el brik, un hojaldre relleno de huevo y atún, y las salchichas merguez, que parecen choricillo. De ahí a la medina, a negociar unas camisetas falsas del Esperance (creo que nadie en Túnez lleva la verdadera) que pasaron de 60 dinares a 10 cada una. Cogimos el metro para ir al estadio y fue espectacular, uno de los ambientes previos a un partido más impresionantes que he vivido, el metro iba lleno de gente que cantaba y golpeaba techos y ventanas, durante todo el trayecto al Estadio Olímpico El Menzah. Una vez allí compramos la entrada más cara, que nos costó la friolera de 15 dinares (8 euros, ni en tercera división en España) y un cordoncillo de lana con los colores del equipo por 500 milliemes (25 centimos), el estadio mola, porque es bastante antiguo y su construcción es curiosa, la tribuna que es donde estabamos nosotros es super alta, y en frente las gradas populares están divididas en cachos. A falta de una hora para el partido, ya había media entrada en el estadio, y no dejaban de cantar. Aunque el espectaculo futbolístico no fue gran cosa, sí que vimos tres golitos del equipo local y unos paradones increibles de su portero. Pero sin duda, lo que más molo fue el ambiente y los canticos. En el descanso me compré la bufanda por 5 dinares y un bocata, para no perder la tradición. Sorprendente fue también ver numerosas camisetas de España y un banderón enorme con el escudo; suponemos que es por lo colores rojo y amarillo.
 
 
Después del partido no había metro, y hubo que volver andando, pero flipamos con una nueva sorpresa de este estado policial, y es que con la camiseta del equipo no se puede entrar al centro de la ciudad, y había un policía en cada cruce impidiendolo, así que cogimos un taxi y cenamos en casa, mientras esperabamos al resto de españoles y algún tunecino para empezar la fiesta. La fiesta se nos fue de las manos y se nos calentó la boca, así que cuando se marchó toda la gente tuvimos la genial idea de ir de empalmada a Bizerta los cuatro magníficos; fuimos a la residencia de Jesús liandola por el centro y despertamos a la pobre japonesa, que se apuntó a este plan de borrachos, algo que nunca hay que hacer en la vida. A medida que se nos pasaba el efecto del alcohol ya no parecía tan buena idea, así que según llegamos a la playa nos tiramos a intentar dormir bajo una intensa brisa marina. Con un bañito el cuerpo se arregló y a eso de las 12 decidimos irnos a comer, pero no había taxis, así que a punto estuvimos de la insolación, caminando hasta el pueblo. Comimos un shawarma (casi vomito, que mal cuerpo otra vez) y recorrimos la ciudad parandonos a tomar un té al lado del viejo puerto. Una vez en Tunis (tras hablar durante todo el viaje de vuelta con una encantadora tunecina que sabía inglés) nos juntamos con Karim para ver el fútbol y nos fuimos prontito a dormir, tras más de 38 horas sin hacerlo en una cama.
 
 
El lunes hice mi maleta, di una vuelta con Mateo por el barrio y en el aeropuerto nos juntamos con Viti y también con mis amigos argentinos, con los que compartí experiencias en el viaje de vuelta. Lo que más me ha gustado de Túnez ha sido el buen tiempo y lo baratas que son las cosas, en especial la comida; no me ha gustado nada la cantidad de basura que se acumula en calles y playas; y me ha sorprendido mucho la forma de conducir: como se inventan carriles, buscan el hueco, invaden el carril contrario y aun así apenas hay accidentes. En resumen otra gran experiencia, gracias a mi buen amigo Viti, a su compañero Mateo, y a todas las personas que he conocido estos días.
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